Escribo esto mientras, avatares de la vida, aguardo el momento en que me llamen a participar en el rodaje de una escena de una película española.

En esta película no aparece la Guerra Civil. Tampoco hay una familia desestructurada en la que conviven personajes límite, niños que no saben que están muertos y creo que tampoco aparece Mario Casas. Es por tanto una película española que no arrasará en la taquilla. Pero es cine español.

Por tanto, de alguna manera, retrata los conflictos (sin conflicto no hay historia, no hay película), las situaciones y los personajes que con más o menos similitud podemos encontrar a nuestro alrededor. Y aunque nos parezca lo contrario, esto sucede incluso en films como “Torrente 4″. Sí, ese señor (por decir algo) gordo, sucio, maleducado, pícaro, racista, machista, xenófobo, putero y del Athletico de Madrid. Lo tiene todo el angelito.

Y no mire usted, inquieto lector, por encima de su hombro. Me dirijo a usted. Usted, como yo, lleva un Torrente dentro. Con T mayúscula. Ese personaje fascinante y polémico creado por el muy inteligente y listo (no es lo mismo) Santiago Segura hace 13 años tiene éxito porque nos vemos reflejados en él. Vemos su miseria, su mezquindad, su ruindad, su deleznable comportamiento… y nos vemos a nosotros mismos.

No porque nos vayamos de putas, despreciemos a los chinos, insultemos a los maricones y robemos a los pobres. Unos más que otros tenemos un cierto barniz de educación, estamos integrados en la sociedad y respetamos al prójimo. Pero recordemos que se peca de pensamiento, palabra, obra y omisión… y cuando reímos en la sala de cine, con las gafas 3D puestas, al ver al personaje de José Luís Torrente llorar delante de la tumba de El Fary quejándose de que “han puesto un negro en la Casa Blanca… pero no para limpiar… ¡para mandar” nos reímos  porque cuando se anunció la candidatura de Barack Obama pensamos “sí, hombre, que van a votar los americanos a un negro para meterlo en la Casa Blanca”. Y mira si lo han votado.

Y cuando ves pasar un escote se te va el ojo, y cuando ves un billete de 50 mortadelos en el suelo le echas el pie encima y disimulas en lugar de anunciar el hallazgo y tratar de buscar al propietario. Y cuando comes fabada con chorizo contriyes tras la digestión a lo del agujero de la capa de ozono. Y te revientas los granos. Y a veces manchas el espejo del baño. En todos los calzoncillos cuecen zurraspas.

Y cuando no eres así, que evidentemente no lo somos… lo piensas. Quizá no siempre… pero sabes que hay veces que sí.

Por tanto a nadie debe sorprender que centenares de miles de espectadores acudan en masa a las salas a ver la nueva película de Santiago Segura, un tipo avispado que sabe lo que la gente devora con delectación y se lo sirve en bandeja de porespán. Luego nos ponemos exquisitos, nosotros que somos tan de Almodóvar, tan de Coixet, tan de los papeles torturados (y a veces torturadores) de Bardem. Pero eso sucede porque no pasamos la tarde entre semana o la noche de los viernes y sábados contemplando esos programas gore tan exitosos.

Gore porque no deja de ser la vivisección del llamado “corazón”. Mostrado en explícita complacencia, visceral despiece con carniceros y matarifes encantados de la vida, rodeados de colaboradores aún más encantados de cobrar por malmeter. Esa telebasura es la escuela que educa al público de películas como “Torrente 4″. Un público adocenado, LOGSE, una mansedumbre (es decir, grupo numeroso aunque pacífico de personas).

Un público que pide un producto y se le ofrece, no es tan complicado. Es necesario simplemente alguien que sepa interpretar esos gustos, que desarrolle un producto ad hoc y se lo ofrezca… cobrando por ello a razón de 8 € la entrada. Si además lo sazona con la princesa del pueblo AKA Belén Esteban y con el infanzón del corazón, Kiko Rivera… ¿alguien sigue sorprendiéndose de que cada entrega de “Torrente” se erija en “salvadora” de la taquilla del cine español de ese año?

Pero el problema con Torrente es que como en el valleinclanesco callejón de los gatos vemos nuestra imagen reflejada en espejos deformantes… pero seguimos sin reconocer nuestras miserias. Cabe la duda de si en este caso es el bufón quien va vestido y nosotros los emperadores que vamos desnudos.

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